
Al fin tomo la decisión de cerrarlo… este camino me trajo a muchas partes por demás hermosas y a la vez me ha llenado de penas… nunca sufrí tanto como cuando fui feliz… las distancias, las horas, las palabras me tocan ahora, están bajo mi piel y susurran. He tratado de escribir, no miento, pero ya no tiene sentido ahora, no tengo a quién, ni siquiera a mi misma… en mis pensamientos sólo caben unas letras “serenidad”.
Dejaré pasar el tiempo, tal vez el destino me traiga nuevamente.
Uno más...
¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y sólo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico,
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lindes, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o la muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales.
Es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.
Poema 2, de "Razón de amor", en Aventura Poética, Pedro Salinas, Cátedra, Madrid, 1996.
On risque de pleurer un peu si l’on s’est laissé apprivoiser...
(Antoine de Saint-Exupéry)