Microcuento


Cuentan los abuelos que cierta vez, el sol aumentó inexplicablemente su fuerza y su calor. Con el tiempo, el sol no pudo evitar su explosión como resultado de la acumulación de energía y, por siglos, se observaron miles de destellos coloridos que inundaron todo el espacio; muchos fragmentos de sol se alojaron en la superficie lunar. Sin embargo, el sol no pereció -ustedes lo han notado- lo que muchos desconocen es que en la cara oculta de la luna nacieron millones de giraSoles a partir de esos fragmentos. Cada uno apunta su centro hacia la estrella mayor para celebrar el acontecimiento que les dio vida. A veces, los astronautas, en noches de luna llena, suben a la luna a recoger unos cuantos giraSoles para deshojarlos cuando sienten tristeza.


Texto: Ángel Gutiérrez
Imagen: Tomado de la web

Palabras mágicas


En una librería una niña leía las páginas de un libro como quien observa el cielo buscando un sueño para ser soñado. Se le atravesó la palabra "magia"en la esquinita del libro y sus labios se extendieron para dejar en el aire una sonrisa. Luego, se asomó la palabra "luna" y ella encendió su corazón como nunca antes. Pero, de repente, saltó entre otras letras la palabra "delfín" y la niña, con toda su ternura, se vistió de azul, se dibujó una estrella en el cabello y se convirtió en mar.


Foto: En Librería El Buscón , Caracas - Venezuela.

El astronauta





Había una vez un astronauta que sembraba estrellas en la Luna y cada cierto tiempo gustaba de arreglar sus cráteres, les daba forma como se le da forma a la risa. Cuando crecían las estrellas, soplaba para desprenderlas, les ataba un deseo y luego las colocaba una a una en cada rincón del espacio. Ahora mismo quizás, si te asomas por la ventana, verás tu deseo favorito brillando en la inmensidad. 



***  Ahhh, juegos de la imaginación o de lunas. ***

A una justicia injusta



A Leopoldo López



Barrotes que sólo se muestran hacia el cielo
azul de esperanza que miro
nubes que tienen forma de mi país
de mis hijos,
de mi pueblo.


Voces que gritan a lo lejos
de los que me castigan por miedo.
¡Atadme el cuerpo, si quieren,
que mi pensamiento es omnipresente!

¡No tengo miedo!

Barrotes que sólo dicen     ¡Sí puedo!
aunque me separan del universo
¡Cada vez soy más yo y mi consciencia:

                           tenue, fresca, libre.

No me canso, no me pierdo       ¡vuelo!

Y así, mi cuerpo aislado sueña
con caminar las calles de mi ciudad
como antes, como siempre.

La injusticia siempre perece
en tiempos correctos
sonrío, ha llegado el momento.




La noche traga soles

renglones de mí, quemados

fuego en mi pecho

rota voz, puerta estremecida

me hago herida despoblada

silencio


la nada y mis cenizas
.
.
.

Un soundtrack, una historia, ¿una vida?



“Visions of Johanna” de Bob Dylan es la banda sonora de la novela Blue Label/Etiqueta Azul (2010) del venezolano Eduardo J. Sánchez Rugeles. En esta novela, ganadora del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, los jóvenes caraqueños son retratados desde su lenguaje, su música preferida y sus opiniones sobre su mundo (social, político, educativo…). La trama es guiada por su protagonista, Eugenia Blanc, una chica agobiada por su deseo de exiliarse en Francia a partir de la búsqueda de su abuelo, él es su “salvación”, es posiblemente su boleta de salida para huir de tanto hastío, de la monotonía de la ciudad. Ella sólo quiere ser francesa, sueña con dejar la vida de Caracas, olvidarse del país e incluso de su familia; y Luis Tévez la ayudará en su deseo.

El desencanto y la sátira hacia la contemporaneidad que envuelve al país por parte de la juventud venezolana es el eje transversal que se va desgranando en las 173 páginas del libro. Como dato novedoso, a medida que avanza la historia un conjunto de canciones acompañan a Eugenia y a Luis, los temas son una suerte de descripción de los sentimientos, anécdotas y pensamientos de cada uno de ellos. La canción “Visions of Johanna” de Bob Dylan, es una constante en la novela, es la banda sonora de la vida de Luís Tévez; está presente en los momentos más importantes para el desarrollo del personaje “el niño extraviado se toma a sí mismo muy en serio, se jacta de su miseria, le gusta vivir al límite y cuando cita el nombre de ella narra un beso de adiós para mí” (3:26). Toda la canción parece hablar de él, un ser enigmático, complicado, con aires de misterio, inteligente, un inconformista y por lo tanto, un rebelde. Seguramente, Bob Dylan compuso esa canción para él, “coincidencia” hilvanada con los hilos ficcionales de Sánchez Rugeles con su narrativa fresca que le mereció el reconocimiento de la crítica y el éxito en ventas. No es la primera vez que algunas canciones hacen juego con la literatura, recuerdo en este instante el caso del venezolano Rodrigo Blanco en “De todas maneras rosas” (2005) y en “Flamingo” (2010) cuyas canciones (una de Ismael Rivera y la otra de La Vida Bohème) son el marco que le da sentido a dichos cuentos; también podemos leer “Mercurio” (2008) de Federico Vegas que narra las peripecias de vocalista de Queen, Freddy Mercury, en el submundo nocturno de Caracas después de un concierto en el Poliedro, pero en nuestra vida ¿cuál es ese marco? Por eso, más allá de Luís Tévez y de Eugenia Blanc, incontrolablemente me asaltan unas preguntas: ¿cada uno de nosotros, usted y yo, tiene una banda sonora? ¿Nuestra vida es un recorte de canciones a modo de instantes que se superponen, que aparecen como recuerdos? ¿Son algunas canciones una muestra de nosotros mismos que por obra de la coincidencia -como lo pensaba Tévez- fueron escritas por alguien, o viceversa?

Yo podría decir que mi vida está compuesta por melodías y letras que evocan recuerdos, momentos, situaciones y sentimientos. Temas como Always Somewhere – ScorpionsGal Costa e Zeca Baleiro - Flor da pele;  Anyone –Roxette¿Lo Ves? – Alejandro SanzFalling Slowly Glen Hansard y Marketa IrglovaÁngel para unfinal – Silvio Rodríguez; Don't Let Me Down - The BeatlesColors  - Amos LeeJealous Guy - John Lennon; Entrada de bala – Zapato 3; A la orilla de la chimenea - Joaquín SabinaQuando a chuvapassar - Paula Fernandes y Marcus Viana; Mujer que camina – Alejandro Filio; Anhelo en la lluvia – Los pelaos; La Ley Innata: Cuarto Movimiento La Realidad – ExtremoduroPuente - Gustavo Cerati; Horas Inexistentes – Andreina Casanova; Comptined'Un Autre Été – Yann TiersenThe Moon Song - Scarlett Johansson; Muchacha ojos de papel – SpinettaGocceDi Memoria – Giorgia (...) Son algunas canciones que conformarían el soundtrack de mi historia. 

Cada canción, cada nota musical es una historia real o imaginaria, cierta o no, las líneas que las separan son ínfimas, se mezclan las voces, los acordes y los silencios como una sola cosa. Cada quien hace suya una canción, cada quien construye una melodía, nadie escapa de esa ley; tal vez esos temas no hablan de nosotros mismos, quizá hablan de lo que podríamos ser o vivir, puede que sean especiales por la musicalidad, por lo que hicieron sentir, por lo que lograron evocar, por el erizamiento en la piel. Así, Eugenia Blanc, Luís Tévez, entre otros personajes de la ficción dejan de ser solo entes inventados para ser usted o yo porque todos somos tocados por la música, porque cuando todo lo demás falla, la música está allí para abrigarnos, para calmar tristezas, para secar llantos o para brindar una caricia y levantar ánimos. Todos tenemos un soundtrack, ¿cuál es el tuyo?





Compartir la palabra. Texto de Carlos Skliar





Fragmentos para Leer 



Leer como petición.

Pedir leer. No como convencimiento, ni como obligación, ni como súplica. Se trata del deseo de la transmisión de un signo –la lectura- mediada por un deseo casi singular –el leer-. Ese deseo tiene su travesía, no es nuevo, no tiene que ver con la necesariedad de la lectura, no se somete a las lógicas novedosas de formación: leemos, nos encanta dar a leer y nos gustaría conversar sobre la lectura. Leemos y nos gustaría que los demás leyeran. Leemos y deseemos poner en medio de nosotros la lectura. ¿Qué lector queremos que venga al mundo, si es que viene? Ésa es la pregunta que se hiciera Nietzsche hace ya tiempo en El origen de la tragedia: “El lector del cual yo tengo derecho a esperar algo, ha de reunir tres condiciones: debe leer con tranquilidad y sin prisa; no ha de tener exclusivamente presente su ilustración, ni su propio yo; no debe buscar como resultado de esta lectura una nueva legislación”. Leer con tranquilidad, detenido, sin apuro; quitarse de ese yo que lee y de lo que ya sabe; eludir la búsqueda de una nueva ley y una nueva moral en el texto. ¿Cómo hacer, en medio de las tempestades de esta época, para ofrecer la tranquilidad ante la lectura? ¿Cómo hacer, entonces, para olvidar el yo en un mundo en que el yo se ha vuelto la única posición de privilegio? ¿Y cómo hacer para leer sin buscar reglas, sin buscar leyes, sin buscar aquello que algunos llaman de Verdad o Concepto? 
Al lector, hay que dejarlo en paz cuando de la lectura se trata. Y es que hoy se da a leer –cuando se da a leer- forzando la lectura: en el método obstinado, en la contracción violenta, en el subrayado disciplinado, en la búsqueda frenética de la legibilidad o de la hiper-interpretación, en la pérdida de la narración en nombre del Método. 







Leer, leyendo. 


La pregunta ya no puede ser formulada como: ¿qué es la lectura y/o qué es el leer? Quizá habría que decir: ¿qué hay en la lectura y/o qué hay en el leer? O, mejor aún: ¿Qué es “leyendo”? Por ejemplo: una niña mira a su madre mientras lee; la mira y murmura frases para sí misma. Todo está quieto ahora, en suspenso, como si un largo día no fuera otra cosa que un fin de tarde que nunca desaparece. Cuando la madre hace una pausa, la niña se le acerca y pregunta, con voz de secreto: “Mami: ¿qué estás haciendo?”. “Leyendo”, responde la madre. La niña insiste: “¿Qué es leyendo?”. La madre le muestra el libro a la niña y dice: “¿Ves? Aquí hay historias que todavía no conocemos. Hay que buscarlas. Eso es estar leyendo”. La niña se queda quieta y mientras acaricia el brazo de su madre, le pregunta: “¿Pero: leyendo es en las partes blancas o en las partes negras?”.


La lectura y el pasado.

Pero no se trata únicamente de visitar cementerios, lápidas y muertos. No se trata de un suelo que se pisa y otro, su contratara, el vacío oscuro y hondo donde se yace. No se trata de prestar atención apenas al mundo que está por encima: también está el mundo de antes y no es posible sentir y pensar el mundo sólo por aquello que ocurre en su superficie, en el aquí y ahora estrecho, en la mezquindad del presente. El mundo es un aroma de siglos. Una pronunciación incesante. Hacia atrás y hacia delante. El mundo comienza, quizá, allí donde no lo vemos: en sus entrañas, en sus gases retorcidos, en los minerales que nos sostienen. El mundo está boquiabierto. El mundo se compone de todo lo que ahora vemos y escuchamos y tocamos, sí. Y lo que vemos, escuchamos y tocamos nació antes, antes de nosotros, mucho antes del instante en que pudiéramos saberlo. 
Lo cierto es que mirar hacia atrás –o incluso hacia los lados- girar el rostro hacia el tiempo que nos precede, leer sin coyuntura, leer sin el peso de lo actual, leer lo desconocido, es un gesto ya antiguo, desusado, anacrónico, incluso sospechoso. Escribo: “Dos desconocidos que se miran durante siete horas no forman parte del plan inicial del universo. Tampoco que los niños pasen un día entero mirando nada o todo por la ventana o que los abuelos se sienten en el umbral de las casas a detener el paso de la tarde. Toda la eficacia del universo acaba cuando un hombre que va al trabajo se detiene para atarse los cordones de sus zapatos y no lo logra. Una mujer que lee un libro de memorias de otra mujer: este es el mayor peligro para la máquina impiadosa del mundo”.







El adiós al libro. 

El fin del libro no es el final del libro. Por lo que sabemos el libro ha sido capaz de sobrevivir a sus propias transformaciones, a las prohibiciones, las hogueras, al registro de sonidos, la televisión, Internet, las redes sociales e incluso a su pariente más simiesco, el libro electrónico. 
Desde los temblores iniciales de los primeros lectores medievales hasta los estremecimientos actuales, quizá más tecnificados y más eclécticos, el libro no parece haber tocado su fin, ni parece encontrarse en medio de una agonía más o menos terminal. A no ser que la cuestión del fin del libro preanuncie, con ella, otros finales abruptos, esto es, la muerte de ciertas imágenes del lector y de las prácticas de la lectura tal como las conocemos en nuestra época. Pero: ¿qué pregunta es la del fin del libro? ¿Una pregunta que parece ser, en verdad, el preaviso de lo que se está abandonando o ya se ha abandonado irremediablemente? ¿Una pregunta cultual, literaria, pedagógica, industrial, comercial, filosófica?
La cuestión nos llega enmascarada: si se tratara de una pregunta comercial o industrial habrá que responder que jamás los grandes monopolios editoriales han vendido tanto como ahora; si se tratara de una pregunta acerca del formato, quienes leen aún están en duda sobre si es posible o no reemplazar el objeto físico por otros medios; si se tratara, en cambio, de una pregunta acerca de esa gestualidad del leer que se ha mantenido más o menos indemne desde los tiempos de Gutenberg, habrá la necesidad de decir algo al respecto todavía. Leer, nunca se ha leído tanto. En fin: quizá hoy la lectura sea una fuente utilitaria de informaciones donde el deseo o la experiencia de leer no cumpla ningún papel esencial. O todo lo contrario: leer seguirá siendo esa experiencia a la vez singular y comunitaria, en voz baja y a alta voz, que sigue confesando secretos que de otro modo jamás llegarían a nuestros oídos, a nuestras manos, a nuestros ojos, a nuestra vida. 


Los peligros del leer en la duración de la lectura. 

Los peligros del mundo, de este mundo: el amor, la lectura, el paseo y la escritura, en cualquier orden. El amor: lo desordena todo. La lectura: lo imagina todo. El paseo: lo percibe todo. La escritura: lo perfora todo. Sin embargo, el mayor peligro siempre está en lo inútil, en la inutilidad. Eso es lo que más le incomoda al mundo, a este mundo. Hoy, en medio de tanta urgencia, la virtud podría se la pereza, el cansancio, la parsimonia, el demorarse, la falta de prisa. Y la imagen más conmovedora quizás sería: cualquier persona que no esté apurada, ni haciendo fila, ni tan prolija, ni hablando fuerte, ni conectada.
Por eso: todo consiste en leer un libro que nunca se leyó antes, es decir: atravesar un mundo desconocido, un tiempo desconocido, gestos desconocidos. Párrafo a párrafo lo que parecía ser ajeno comienza a existirnos como si fuera posible habitar un lugar que no es el nuestro, un cuerpo diferente con una voz desconocida. Sin embargo leer no es conocer lo desconocido, llenar un abismo infinito con palabras ordenadas. 
Leer es ir desconociéndose poco a poco. Como si nunca hubiéramos vivido antes.





                                                             
                                                       (CONICET/Flacso, Argentina).


Hèlène Cixous: El amor del lobo...





"Para nosotros, comer y ser comidos pertenece al terrible secreto del amor. Sólo queremos a la persona que podemos devorar. A la persona que amamos sólo soñamos en comérnosla. Es una historia bellísima, la del propio tormento. Porque amar es querer y poder comer y detenerse en el límite. En el mínimo latido entre el brinco y el acecho brota el miedo. El brinco estaba ya en los aires. El corazón se detiene. El corazón arranca de nuevo. Todo en el amor está vuelto hacia esta absorción. Al mismo tiempo, el verdadero amor es un no-tocar, pero casi-tocar de todos modos. Devórame, amor mío, de lo contrario te devoraré. El miedo a comer, el miedo de lo comible, el miedo de aquél que se siente amado, deseado, que quiere ser amado, que desea ser deseado, que sabe que no hay mayor prueba de amor que el apetito del otro, que se muere de ganas de ser comido y se muere de miedo ante la idea de ser comido, que dice o no dice, pero significa: te lo suplico, devórame. Quiéreme hasta el tuétano. Y sin embargo arréglatelas para dejarme vivir. Pero a menudo se transpone, porque se sabe que el otro no devorará finalmente, y se dice: muérdeme. Firma mi muerte con tus dientes.”

Hélène Cixous, El amor del lobo y otros remordimientos. Ed. Arena Libros

Escribir






Hay una fuerza interna, no sé de dónde viene, que me desborda a cada tanto. No la espero, sólo viene y llega de intrépida hasta mí, hasta mis huesos y me entrego. Escribir es una fuerza que no se puede obligar a ser, mucho menos a decir, parte de un deseo que arremete desde las venas hasta el alma y uno sólo puede caer rendido a esa necesidad. Una mañana te levantas, abres la ventana de la habitación y el primer pensamiento es una palabra que aparece ante ti como una visión, inmediatamente, si es muy fuerte, escribes sobre ella; la abrazas, la haces tuya, la conviertes en idea, en escritura tangible e infinita. Así me pasa, por eso escribo. 

Generalmente, prefiero refugiarme en la escritura de otros, encontrarme en ese “yo” ajeno que también habla de “mi yo”; me fascina ese “nosotros” que se construye entre la escritura de alguien distante en época, en tiempo o en geografía y la lectura capaz de abstraerme del orbe. La lectura es el inicio de un diálogo silencioso, íntimo y cómplice conmigo y con el que escribe, una delicia para el espíritu y para el pensamiento. Pero escribir, escribir es una especie de catarsis del cual uno no tiene dominio, por lo menos no yo; escribo porque sí, porque quiero o no quiero, porque lo necesito, pero ¿soy yo? ¿Qué hace que mi yo escriba? No sé explicarlo.

Escribo, quizá, para escucharme, para leerme y descubrirme, para encontrar un “yo” que desconozco o que he olvidado. Escribo en la soledad de mi casa, en papel y con grafito, prefiero el eco de la nada cuando deseo escribir, la blanca pared, la soledad y mi escritura. Leer, sin embargo, me resulta distinto, tengo el gusto por leer en cualquier lugar, si hay personas extrañas tengo el hábito de alzar la mirada de vez en cuando para encontrarme con sus ojos, con lo que también escriben mientras me ven, mientras van apurados por sus quehaceres, mientras pasan y los olvido. Ellos, a su vez, me olvidan ¿qué leerán en mis ojos cuando los miran? Jamás lo sabré. Algunos más pasan adormecidos, no saben que los observo, que los busco, que los guardo en mis ideas, que son parte de este juego y de mi lectura en un sitio público.

Ahora mismo escribo, me dejo llevar por el deseo mismo de escribir. No imagino a un lector, no lo supongo, no lo premedito. Sólo escribo, la pared blanca y la soledad, el papel y mi grafito. 

¿Te lo habías preguntado?


"las cosas le están mirando 
y ella no puede mirarlas..." 
De Federico García Lorca.


¿Qué pensarán los objetos de nosotros? La mesa que nos mira desde diversos ángulos, el  cuadro que se asoma con sus paisajes, colgado allí, en la sala para ser visto por el transeúnte de la casa o ¿está allí para vigilarnos, qué diría si pudiera? Qué evocaría desde el silencio la luz que se posa en la pared a tempranas horas de la mañana, luz que interrumpe el sueño, claridad que acorrala párpados y boca. Qué dirían de nosotros los libros que nos señalan con sus lomos desde el estante, más allá de los títulos que se muestran de diversos colores y formas. Y si los abrimos, qué descubrirían en nuestros ojos sus páginas al leerlos, porque ellos se posan en el cuerpo del libro acariciándolo en un vaivén de movimientos apenas perceptibles, tocamos las palabras del libro, nos entregamos a sus vapores de hoy o de siempre porque nuestra mirada es la extremidad más larga, miramos más allá de la aventura del texto, más allá del infinito gesto de leer. Los libros, si sus páginas pudieran contar otras historias de seguro hablarían de nosotros, contarían lo que saben de ti o de mí desde la mirada que tú y yo tenemos al leer, desde nuestras noches de lecturas o desde la risa y el llanto que sus palabras guardan para nosotros. Tal vez hablarían de mil seres, quizás más, relatarían sobre nuestros otros “yo” porque cada día cambiamos, los de hoy no somos los mismos de ayer. Recuerdo a Marcel Proust quien tenía la sensación de violar toda la vida que permanecía dispersa en su habitación cada vez que abría la puerta; y me pregunto qué hablarán de ti, de mí, o de la vida los libros que descansan inmóviles en la mesita de noche o en la biblioteca, o arriba de la cama porque allí estuvo acompañándonos en el insomnio. ¿Qué pensarán los objetos de nosotros?

Diario de un ángel lector




Amar el acto y el placer de leer es una de las cosas más fantásticas que me ha podido regalar la vida. Desde niña, no hay recuerdo que no incluya la lectura incansable de todo aquello que tuviera palabras, imágenes, frases, espíritu en tinta. No puedo traer a mi memoria exactamente qué autor me invitó a descubrir el camino hacia los libros , pero el primero que invade mis ideas es el texto escolar de Historia Universal de 8vo grado, sí, el de portada amarilla, el de Auro Yépez Castillo.


Con ese libro me gustaba sumergirme en el pasado, me imaginaba las épocas y sus hechos, trataba de entenderlos, tal vez, con la intención de encontrarme a mí misma dentro de ese libro y de pertenecer a algo, pues cuando la soledad infantil es presente, es necesario ocupar el espacio vacío, la habitación iluminada y las horas que transcurren. Así que mi primer encuentro fue con las historia de la humanidad, luego llegaron los libros de biología que me explicaban cómo es que el Ser Humano respira, vive y existe. Un día se topó conmigo un libro de psicología, de portada oscura, casi como diciendo que era interesante y que debía abrirlo. Eso fue en 9no grado, tiempo en el que la curiosidad estaba latente; me di cuenta, entonces, que no somos sólo un cuerpo que respira sino que todos tenemos una realidad interna, que somos seres complicados aun cuando somos niños. De esa manera, mi interés por el estudio y mi curiosidad por saber sobre las cosas me convirtió en la lectora que soy, en una descubridora del mundo, en una amante de las palabras, en Ángel.



Luego, apareció en mi vida un príncipe, pero no como lo pinta Disney, este era mejor. Era un “Principito” de cabellos dorados, había llegado hasta mí desde su planeta B612 convertido en tinta y papel, hasta que se volvió tan humano como cualquier otra persona. Quizá en esa búsqueda que todos tenemos, yo también fui ese niño que no comprendía a los adultos, también tenía la necesidad de viajar a otros mundos y buscar amigos, viví la vida de ese niño, viajé con él, lloré también por su rosa y entendí que el trigo ya no significaba lo mismo, ni siquiera el desierto. El Principito me mostró la literatura. Le siguió “El Túnel” de Ernesto Sabato, otro personaje se me presentaba, Juan Pablo Castel, tan oscuro como la portada del libro de psicología que había leído años atrás, armé rompecabezas, traté de descifrar las razones de sus actos, el porqué de sus intenciones; Sabato supo cómo atraparme





Aparecieron posteriormente Quiroga, Benito Pérez Galdós, García Márquez, Walt Whitman, Jorge Isaac, Stephen King, Miguel de Cervantes, Shakespeare, Isabel Allende y todo autor de poemas que se atravesara ante mis ojos: Neruda, Calderón de la Barca, Federico García Lorca, Benedetti, Aquiles Nazoa, Andrés Bello, Bécquer, Azorín, Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, y pare usted de contar. Empecé de devorar libros, autores y palabras. Soñaba con tener una biblioteca infinita para adentrarme día y noche en el sueño de la lectura, en ese sueño que se hace despierto solo porque tenemos los ojos abiertos, pero el alma se encuentra secuestrada por la historia que el libro ofrece.




Esta noche, noche lluviosa y melancólica, recuerdo las palabras de Jorge Larrosa: “Las preguntas abren la lectura: y la incendian. Las preguntas atraviesan la escritura: y la hacen incandescente. Estudiar es insertar todo lo que lees y todo lo que escribes en el espacio ardiente de las preguntas”. Preguntar es nunca terminar de aprender, el sentimiento de la duda sobre el mundo creó un incendio en mi interior, una llama hacia la búsqueda del conocimiento y, a su vez, hacia el placer de leer, de encontrar respuestas, de disfrutar la experiencia de verme en otros espacios, de ser Ángel y no. Y hasta hoy, continúa el espacio ardiente de preguntas, leo “para tocar, por un instante y como una sorpresa, el centro vivo de la vida, o su afuera imposible”. O mi afuera imposible, leo para saber de qué estoy hecha, para no conformarme con lo que leo, para buscar más en mí y en los otros, para hallar una voz que no es la mía, que hable de mí o de extraños. Leo porque sí.

Sin embargo, el silencio también hace falta cuando leemos. Hay un silencio antes de darle vuelta a la página, al terminar un párrafo, bebemos un silencio doloroso cuando terminamos un libro, es como un luto callado, una respiración detenida, una pausa de la vida. Pero las preguntas no terminan, están de reposo, luego toman fuerza nuevamente, duplicándose a modo de fractal. Y otra historia inicia su curso y la vida continua, dentro y fuera del libro. Me pregunto ¿por qué algunas personas no encuentran lo que yo, y muchos otros han encontrado en los libros; acaso no tienen preguntas sobre sí mismos, sobre los demás, sobre la vida, sobre su existencia, no ansían conocer, descifrar misterios, entender nuestro universo y hasta el amor o la muerte, o sobre cosas simples como “subir escaleras”? ¿Cómo es posible vivir una vida sin los libros? Si las preguntas invitan a leer, acaso éstas personas, sobre todo los jóvenes, ¿no tienen nada que preguntar? No los comprendo, como quizás ellos no me comprenden a mí. 




Cada quien, supongo, ha tenido uno o varios caminos para llegar a los libros. Otros, por cuestiones de la vida e intereses, han transitado otras calles que los alejan de la lectura. A mí me tocó, primero por mi soledad de niña conocer la pasión por la historia para no sentirme distante del mundo. Hoy agradezco ese tiempo solitario, gracias a eso empecé a leer y lo disfruto todavía; creo que siempre será así. A través de esa calle que me tocó vivir pude también conocer a Julio Cortázar, Pizarnik, Borges, Christina Wolf, Goethe, Pessoa, Oliverio Girondo, Clarice Lispector, Jaime Sabines, César Vallejo, Eugenio Montejo, Roberto Juarróz, Ramos Sucre, entre otros. La lista sería muy larga. Yo no sé si encontré a los libros o ellos me encontraron a mí, pero bendito sea el encuentro, la coincidencia y la compañía.



Sin embargo, el silencio también hace falta cuando leemos. Hay un silencio antes de darle vuelta a la página, al terminar un párrafo, bebemos un silencio doloroso cuando terminamos un libro, es como un luto callado, una respiración detenida, una pausa de la vida. Pero las preguntas no terminan, están de reposo, luego toman fuerza nuevamente, duplicándose a modo de fractal. Y otra historia inicia su curso y la vida continua, dentro y fuera del libro. Me pregunto ¿por qué algunas personas no encuentran lo que yo, y muchos otros han encontrado en los libros; acaso no tienen preguntas sobre sí mismos, sobre los demás, sobre la vida, sobre su existencia, no ansían conocer, descifrar misterios, entender nuestro universo y hasta el amor o la muerte, o sobre cosas simples como “subir escaleras”? ¿Cómo es posible vivir una vida sin los libros? Si las preguntas invitan a leer, acaso éstas personas, sobre todo los jóvenes, ¿no tienen nada que preguntar? No los comprendo, como quizás ellos no me comprenden a mí.



No hay ciudad sin poesía





No hay ciudad sin poesía, sin las calles que recuerdan un rostro, una palabra, un silencio o la levedad de las hojas entre el viento. La ciudad, esta que habito, habla de pasos sobre nubes, de lluvias sobre lluvias que  evocan canciones. ¿La oyen? ¡Grita! grita un nombre.

De esta ciudad sólo se desborda poesía, las noches le cuelgan como perfumes y, a veces, se viste de ausencia, de sabia ausencia… o de tardes de “no te olvido”… o de mañanas de “aquí te quedas”.

Esta ciudad, dolorosa, bella… sólo respira poesía, si vieran lo que yo veo me entenderían. No miro personas, sino colores. No observo edificios, sino un par de ojos que irrumpen en el vacío. No veo insomnios, sino notas musicales que se multiplican a lo lejos, a lo lejos.


Esta ciudad no volverá a ser la misma, no es ya sólo ríos.

Es aquello que fuimos una primavera.  


Savia marina




Hay quienes se atreven a calar en el mar que te forman
es un peligro, se puede no olvidar esas aguas
desterrando de la memoria todo pasado
y sucumbir, caer adentro,
más adentro
hundirse, no maldiciendo a Poseidón por tu encuentro
darse al verso constituido
por la palabra evocada,                                morir
y sin embargo, pereciendo,
vivir de la sabia marina,                              tu boca
inmensamente tus labios que se amoldan
que se muestran ávidos de otros labios que estuvieron
o están
o esperan
en mí, es tu boca una proa dibujada de colores vivos
infinitas aguas, humedad enroscada,
ensanchamiento del tiempo.



Aquí estoy, en tu orilla,
a punto de ser bosque.



Andar azabache






Hay un universo en mi cama

un sutil lugar de fantasía

hay lunares en mi cuerpo

por cada uno

un beso tuyo cuando llegues

tengo sólo esta vida

para vivirla como quiera

unos ojos terciopelo que te besen

y mi andar azabache para enamorarte

porque aún estando lejos de mi vientre

se trenzan nuestros sueños

y en mí

tu silueta

no

se

borra
.
.
.





(Dibujo realizado por @may_chan44)

Vida, mi vida.





Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.



Nos vamos formando con los tropiezos y fortunas de la vida (medito, mientras la lluvia se escucha distante y tranquila). Demasiada humedad cubre estos días las calles de mi ciudad, lo cual produce una sensación de mudes, de pasividad sorda y de angustia ante el tiempo, ante los minutos que transcurren en la lectura de un libro mientras se está frente a la lluvia que empapa el cielo, de colores grises y oscuros. Sí, el tiempo trae tropiezos y fortunas, pero ¿Cómo distinguir una de la otra? ¿Por el grado de felicidad que produce? Todo es relativo  - resuena nuevamente el dicho - para cada quien; de todas maneras, si hay tropiezos, ¿Cómo saber si pudo ser mejor si se hubiese tomado otro camino, otra decisión? Recuerdo, entonces, a Sabato quien decía que “la vida se hace en borrador y no nos es dado a corregir sus páginas, aunque es terrible de comprenderlo”. Sin embargo, qué hay que corregir. ¿No sería amputar una parte de uno como si de un cuerpo extraño y maligno se tratara?

La vida no es despojarse de un trozo de ella, la vida es enfrentarse de la mejor manera posible a lo que se vive. No hay, desde mi punto de vista, tropiezos o fortunas; hay experiencias únicas que jamás han de repetirse, que jamás son iguales aunque dos personas las vivan al mismo tiempo. Milán Kundera, en su novela La insoportable levedad del ser, se preguntaba ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Creo que mucho por la simple razón de que es una, insustituible, intransferible; por lo tanto, no podemos compararla con otra vida o con otra experiencia.


¿Qué queda? Vivir a través de la pasión, del sentimiento, “solo se ve bien con el corazón”, diría el Principito.  Para mí no hay otra forma de ser, de estar, de existir, sino es con la piel erizada, combatiendo contra el mundo a partir de lo que el alma grita; por eso, mis experiencias las llevo sobre mis alas, y aunque suene contradictorio, ellas hacen que me levante para seguir volando. Es lo único que tengo en esta vida: mi vida. 

Los amantes del Círculo Polar






Esta noche te espero mirando al sol,
                                                                                                        ¡venga valiente, salta por la ventana!



Es curioso lo que 104 minutos pueden hacer pensar, recordar, sentir y vivir. Eso hace “Los amantes del círculo polar”, una película dramática española de 1998 dirigida por Julio Médem y protagonizada por Najwa Nimri y Fele Martinez, ganadora de dos premios Goya en 1999.

La trama de la película se centra en la historia de Otto y Anna desde que se conocen a los 8 años hasta que vuelven a rencontrarse en la Laponia finlandesa, en el límite del Círculo Polar Ártico bajo el sol de medianoche; los temas son el romance, la muerte, el destino, la naturaleza, el círculo de la vida y las coincidencias de la misma.




El círculo es una figura enigmática, tan enigmático como las casualidades. ¿Nuestra vida es una línea recta o un círculo infinito? Sin duda, hay un magnetismo que sólo los amantes conocen y quienes no se atreven a amar de verdad, a dejar todo por el amor verdadero no entenderán. Los amantes son capaces de derribar el miedo, de saltar ventanas, de esconderse bajo las camas, de guardar secretos, de negar hasta la muerte, de llorar por dentro, de besar a la muerte, de esperar, de saltar en paracaídas y de volar. Es una historia que vale la pena ver y oír. 



”Estar enamorada no es fácil. No basta con desearlo, hay que oírlo.”

"Y sí, sólo quería abrazarle una vez pero me volví avariciosa,
 no lo puso fácil, él abre la puerta de un mundo donde todo es posible,
 incluso ser feliz. Nadie tiene un corazón como el de Otto, yo tampoco." 



"Empezaba este frío y dicen que cuando hace frío la mayoría 
de las cosas van más deprisa, o llegan antes, pero a mí se me 
hizo eterna la espera hasta acariciarle. 
Por suerte, me di cuenta después de hacerlo y no antes, 
como suele ser la secuencia habitual. Debía ser miedo" 




"Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. 
Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, 
y eso que las he tenido de muchas clases. 
SÍ. Podría unir mi vida uniendo casualidades." 
.
.
.
.

"Aunque creo que ya la tuve"

Ángel
.
.
.




LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...