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Vida, mi vida.





Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.



Nos vamos formando con los tropiezos y fortunas de la vida (medito, mientras la lluvia se escucha distante y tranquila). Demasiada humedad cubre estos días las calles de mi ciudad, lo cual produce una sensación de mudes, de pasividad sorda y de angustia ante el tiempo, ante los minutos que transcurren en la lectura de un libro mientras se está frente a la lluvia que empapa el cielo, de colores grises y oscuros. Sí, el tiempo trae tropiezos y fortunas, pero ¿Cómo distinguir una de la otra? ¿Por el grado de felicidad que produce? Todo es relativo  - resuena nuevamente el dicho - para cada quien; de todas maneras, si hay tropiezos, ¿Cómo saber si pudo ser mejor si se hubiese tomado otro camino, otra decisión? Recuerdo, entonces, a Sabato quien decía que “la vida se hace en borrador y no nos es dado a corregir sus páginas, aunque es terrible de comprenderlo”. Sin embargo, qué hay que corregir. ¿No sería amputar una parte de uno como si de un cuerpo extraño y maligno se tratara?

La vida no es despojarse de un trozo de ella, la vida es enfrentarse de la mejor manera posible a lo que se vive. No hay, desde mi punto de vista, tropiezos o fortunas; hay experiencias únicas que jamás han de repetirse, que jamás son iguales aunque dos personas las vivan al mismo tiempo. Milán Kundera, en su novela La insoportable levedad del ser, se preguntaba ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Creo que mucho por la simple razón de que es una, insustituible, intransferible; por lo tanto, no podemos compararla con otra vida o con otra experiencia.


¿Qué queda? Vivir a través de la pasión, del sentimiento, “solo se ve bien con el corazón”, diría el Principito.  Para mí no hay otra forma de ser, de estar, de existir, sino es con la piel erizada, combatiendo contra el mundo a partir de lo que el alma grita; por eso, mis experiencias las llevo sobre mis alas, y aunque suene contradictorio, ellas hacen que me levante para seguir volando. Es lo único que tengo en esta vida: mi vida. 

Alejandra Pizarnik, ese ser imperfecto.




Vida, mi vida, déjate caer, déjate
doler, mi
vida, déjate enlazar de fuego, de
silencio ingenuo,
de piedras verdes en la
casa de la
noche, déjate caer y doler, mi
vida.

...
como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme
...
cuando vea los ojos
que tengo en los míos tatuados.
...
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

...


Sólo un nombre

alejandra alejandra
  debajo estoy yo
     alejandra

Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Argentina (1936-1972)




Es una de las poetas más importantes de Argentina, que realizó su obra en la década del sesenta siendo una de las voces más representativas de esa generación. Su poesía, lírica, que roza el surrealismo, fue una de las que más marcó a las posteriores generaciones poéticas de este país. 

Alejandra Pizarnik re-trabajó en su poesía las tradiciones románticas, simbolistas y surrealistas. Su poesía se encargó de poner en escena lo desgarrador del silencio creativo, abriendo una puerta para las nuevas mujeres poetas, para trabajar sobre ese material. 

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