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Compartir la palabra. Texto de Carlos Skliar





Fragmentos para Leer 



Leer como petición.

Pedir leer. No como convencimiento, ni como obligación, ni como súplica. Se trata del deseo de la transmisión de un signo –la lectura- mediada por un deseo casi singular –el leer-. Ese deseo tiene su travesía, no es nuevo, no tiene que ver con la necesariedad de la lectura, no se somete a las lógicas novedosas de formación: leemos, nos encanta dar a leer y nos gustaría conversar sobre la lectura. Leemos y nos gustaría que los demás leyeran. Leemos y deseemos poner en medio de nosotros la lectura. ¿Qué lector queremos que venga al mundo, si es que viene? Ésa es la pregunta que se hiciera Nietzsche hace ya tiempo en El origen de la tragedia: “El lector del cual yo tengo derecho a esperar algo, ha de reunir tres condiciones: debe leer con tranquilidad y sin prisa; no ha de tener exclusivamente presente su ilustración, ni su propio yo; no debe buscar como resultado de esta lectura una nueva legislación”. Leer con tranquilidad, detenido, sin apuro; quitarse de ese yo que lee y de lo que ya sabe; eludir la búsqueda de una nueva ley y una nueva moral en el texto. ¿Cómo hacer, en medio de las tempestades de esta época, para ofrecer la tranquilidad ante la lectura? ¿Cómo hacer, entonces, para olvidar el yo en un mundo en que el yo se ha vuelto la única posición de privilegio? ¿Y cómo hacer para leer sin buscar reglas, sin buscar leyes, sin buscar aquello que algunos llaman de Verdad o Concepto? 
Al lector, hay que dejarlo en paz cuando de la lectura se trata. Y es que hoy se da a leer –cuando se da a leer- forzando la lectura: en el método obstinado, en la contracción violenta, en el subrayado disciplinado, en la búsqueda frenética de la legibilidad o de la hiper-interpretación, en la pérdida de la narración en nombre del Método. 







Leer, leyendo. 


La pregunta ya no puede ser formulada como: ¿qué es la lectura y/o qué es el leer? Quizá habría que decir: ¿qué hay en la lectura y/o qué hay en el leer? O, mejor aún: ¿Qué es “leyendo”? Por ejemplo: una niña mira a su madre mientras lee; la mira y murmura frases para sí misma. Todo está quieto ahora, en suspenso, como si un largo día no fuera otra cosa que un fin de tarde que nunca desaparece. Cuando la madre hace una pausa, la niña se le acerca y pregunta, con voz de secreto: “Mami: ¿qué estás haciendo?”. “Leyendo”, responde la madre. La niña insiste: “¿Qué es leyendo?”. La madre le muestra el libro a la niña y dice: “¿Ves? Aquí hay historias que todavía no conocemos. Hay que buscarlas. Eso es estar leyendo”. La niña se queda quieta y mientras acaricia el brazo de su madre, le pregunta: “¿Pero: leyendo es en las partes blancas o en las partes negras?”.


La lectura y el pasado.

Pero no se trata únicamente de visitar cementerios, lápidas y muertos. No se trata de un suelo que se pisa y otro, su contratara, el vacío oscuro y hondo donde se yace. No se trata de prestar atención apenas al mundo que está por encima: también está el mundo de antes y no es posible sentir y pensar el mundo sólo por aquello que ocurre en su superficie, en el aquí y ahora estrecho, en la mezquindad del presente. El mundo es un aroma de siglos. Una pronunciación incesante. Hacia atrás y hacia delante. El mundo comienza, quizá, allí donde no lo vemos: en sus entrañas, en sus gases retorcidos, en los minerales que nos sostienen. El mundo está boquiabierto. El mundo se compone de todo lo que ahora vemos y escuchamos y tocamos, sí. Y lo que vemos, escuchamos y tocamos nació antes, antes de nosotros, mucho antes del instante en que pudiéramos saberlo. 
Lo cierto es que mirar hacia atrás –o incluso hacia los lados- girar el rostro hacia el tiempo que nos precede, leer sin coyuntura, leer sin el peso de lo actual, leer lo desconocido, es un gesto ya antiguo, desusado, anacrónico, incluso sospechoso. Escribo: “Dos desconocidos que se miran durante siete horas no forman parte del plan inicial del universo. Tampoco que los niños pasen un día entero mirando nada o todo por la ventana o que los abuelos se sienten en el umbral de las casas a detener el paso de la tarde. Toda la eficacia del universo acaba cuando un hombre que va al trabajo se detiene para atarse los cordones de sus zapatos y no lo logra. Una mujer que lee un libro de memorias de otra mujer: este es el mayor peligro para la máquina impiadosa del mundo”.







El adiós al libro. 

El fin del libro no es el final del libro. Por lo que sabemos el libro ha sido capaz de sobrevivir a sus propias transformaciones, a las prohibiciones, las hogueras, al registro de sonidos, la televisión, Internet, las redes sociales e incluso a su pariente más simiesco, el libro electrónico. 
Desde los temblores iniciales de los primeros lectores medievales hasta los estremecimientos actuales, quizá más tecnificados y más eclécticos, el libro no parece haber tocado su fin, ni parece encontrarse en medio de una agonía más o menos terminal. A no ser que la cuestión del fin del libro preanuncie, con ella, otros finales abruptos, esto es, la muerte de ciertas imágenes del lector y de las prácticas de la lectura tal como las conocemos en nuestra época. Pero: ¿qué pregunta es la del fin del libro? ¿Una pregunta que parece ser, en verdad, el preaviso de lo que se está abandonando o ya se ha abandonado irremediablemente? ¿Una pregunta cultual, literaria, pedagógica, industrial, comercial, filosófica?
La cuestión nos llega enmascarada: si se tratara de una pregunta comercial o industrial habrá que responder que jamás los grandes monopolios editoriales han vendido tanto como ahora; si se tratara de una pregunta acerca del formato, quienes leen aún están en duda sobre si es posible o no reemplazar el objeto físico por otros medios; si se tratara, en cambio, de una pregunta acerca de esa gestualidad del leer que se ha mantenido más o menos indemne desde los tiempos de Gutenberg, habrá la necesidad de decir algo al respecto todavía. Leer, nunca se ha leído tanto. En fin: quizá hoy la lectura sea una fuente utilitaria de informaciones donde el deseo o la experiencia de leer no cumpla ningún papel esencial. O todo lo contrario: leer seguirá siendo esa experiencia a la vez singular y comunitaria, en voz baja y a alta voz, que sigue confesando secretos que de otro modo jamás llegarían a nuestros oídos, a nuestras manos, a nuestros ojos, a nuestra vida. 


Los peligros del leer en la duración de la lectura. 

Los peligros del mundo, de este mundo: el amor, la lectura, el paseo y la escritura, en cualquier orden. El amor: lo desordena todo. La lectura: lo imagina todo. El paseo: lo percibe todo. La escritura: lo perfora todo. Sin embargo, el mayor peligro siempre está en lo inútil, en la inutilidad. Eso es lo que más le incomoda al mundo, a este mundo. Hoy, en medio de tanta urgencia, la virtud podría se la pereza, el cansancio, la parsimonia, el demorarse, la falta de prisa. Y la imagen más conmovedora quizás sería: cualquier persona que no esté apurada, ni haciendo fila, ni tan prolija, ni hablando fuerte, ni conectada.
Por eso: todo consiste en leer un libro que nunca se leyó antes, es decir: atravesar un mundo desconocido, un tiempo desconocido, gestos desconocidos. Párrafo a párrafo lo que parecía ser ajeno comienza a existirnos como si fuera posible habitar un lugar que no es el nuestro, un cuerpo diferente con una voz desconocida. Sin embargo leer no es conocer lo desconocido, llenar un abismo infinito con palabras ordenadas. 
Leer es ir desconociéndose poco a poco. Como si nunca hubiéramos vivido antes.





                                                             
                                                       (CONICET/Flacso, Argentina).


Hèlène Cixous: El amor del lobo...





"Para nosotros, comer y ser comidos pertenece al terrible secreto del amor. Sólo queremos a la persona que podemos devorar. A la persona que amamos sólo soñamos en comérnosla. Es una historia bellísima, la del propio tormento. Porque amar es querer y poder comer y detenerse en el límite. En el mínimo latido entre el brinco y el acecho brota el miedo. El brinco estaba ya en los aires. El corazón se detiene. El corazón arranca de nuevo. Todo en el amor está vuelto hacia esta absorción. Al mismo tiempo, el verdadero amor es un no-tocar, pero casi-tocar de todos modos. Devórame, amor mío, de lo contrario te devoraré. El miedo a comer, el miedo de lo comible, el miedo de aquél que se siente amado, deseado, que quiere ser amado, que desea ser deseado, que sabe que no hay mayor prueba de amor que el apetito del otro, que se muere de ganas de ser comido y se muere de miedo ante la idea de ser comido, que dice o no dice, pero significa: te lo suplico, devórame. Quiéreme hasta el tuétano. Y sin embargo arréglatelas para dejarme vivir. Pero a menudo se transpone, porque se sabe que el otro no devorará finalmente, y se dice: muérdeme. Firma mi muerte con tus dientes.”

Hélène Cixous, El amor del lobo y otros remordimientos. Ed. Arena Libros

Diario de un ángel lector




Amar el acto y el placer de leer es una de las cosas más fantásticas que me ha podido regalar la vida. Desde niña, no hay recuerdo que no incluya la lectura incansable de todo aquello que tuviera palabras, imágenes, frases, espíritu en tinta. No puedo traer a mi memoria exactamente qué autor me invitó a descubrir el camino hacia los libros , pero el primero que invade mis ideas es el texto escolar de Historia Universal de 8vo grado, sí, el de portada amarilla, el de Auro Yépez Castillo.


Con ese libro me gustaba sumergirme en el pasado, me imaginaba las épocas y sus hechos, trataba de entenderlos, tal vez, con la intención de encontrarme a mí misma dentro de ese libro y de pertenecer a algo, pues cuando la soledad infantil es presente, es necesario ocupar el espacio vacío, la habitación iluminada y las horas que transcurren. Así que mi primer encuentro fue con las historia de la humanidad, luego llegaron los libros de biología que me explicaban cómo es que el Ser Humano respira, vive y existe. Un día se topó conmigo un libro de psicología, de portada oscura, casi como diciendo que era interesante y que debía abrirlo. Eso fue en 9no grado, tiempo en el que la curiosidad estaba latente; me di cuenta, entonces, que no somos sólo un cuerpo que respira sino que todos tenemos una realidad interna, que somos seres complicados aun cuando somos niños. De esa manera, mi interés por el estudio y mi curiosidad por saber sobre las cosas me convirtió en la lectora que soy, en una descubridora del mundo, en una amante de las palabras, en Ángel.



Luego, apareció en mi vida un príncipe, pero no como lo pinta Disney, este era mejor. Era un “Principito” de cabellos dorados, había llegado hasta mí desde su planeta B612 convertido en tinta y papel, hasta que se volvió tan humano como cualquier otra persona. Quizá en esa búsqueda que todos tenemos, yo también fui ese niño que no comprendía a los adultos, también tenía la necesidad de viajar a otros mundos y buscar amigos, viví la vida de ese niño, viajé con él, lloré también por su rosa y entendí que el trigo ya no significaba lo mismo, ni siquiera el desierto. El Principito me mostró la literatura. Le siguió “El Túnel” de Ernesto Sabato, otro personaje se me presentaba, Juan Pablo Castel, tan oscuro como la portada del libro de psicología que había leído años atrás, armé rompecabezas, traté de descifrar las razones de sus actos, el porqué de sus intenciones; Sabato supo cómo atraparme





Aparecieron posteriormente Quiroga, Benito Pérez Galdós, García Márquez, Walt Whitman, Jorge Isaac, Stephen King, Miguel de Cervantes, Shakespeare, Isabel Allende y todo autor de poemas que se atravesara ante mis ojos: Neruda, Calderón de la Barca, Federico García Lorca, Benedetti, Aquiles Nazoa, Andrés Bello, Bécquer, Azorín, Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, y pare usted de contar. Empecé de devorar libros, autores y palabras. Soñaba con tener una biblioteca infinita para adentrarme día y noche en el sueño de la lectura, en ese sueño que se hace despierto solo porque tenemos los ojos abiertos, pero el alma se encuentra secuestrada por la historia que el libro ofrece.




Esta noche, noche lluviosa y melancólica, recuerdo las palabras de Jorge Larrosa: “Las preguntas abren la lectura: y la incendian. Las preguntas atraviesan la escritura: y la hacen incandescente. Estudiar es insertar todo lo que lees y todo lo que escribes en el espacio ardiente de las preguntas”. Preguntar es nunca terminar de aprender, el sentimiento de la duda sobre el mundo creó un incendio en mi interior, una llama hacia la búsqueda del conocimiento y, a su vez, hacia el placer de leer, de encontrar respuestas, de disfrutar la experiencia de verme en otros espacios, de ser Ángel y no. Y hasta hoy, continúa el espacio ardiente de preguntas, leo “para tocar, por un instante y como una sorpresa, el centro vivo de la vida, o su afuera imposible”. O mi afuera imposible, leo para saber de qué estoy hecha, para no conformarme con lo que leo, para buscar más en mí y en los otros, para hallar una voz que no es la mía, que hable de mí o de extraños. Leo porque sí.

Sin embargo, el silencio también hace falta cuando leemos. Hay un silencio antes de darle vuelta a la página, al terminar un párrafo, bebemos un silencio doloroso cuando terminamos un libro, es como un luto callado, una respiración detenida, una pausa de la vida. Pero las preguntas no terminan, están de reposo, luego toman fuerza nuevamente, duplicándose a modo de fractal. Y otra historia inicia su curso y la vida continua, dentro y fuera del libro. Me pregunto ¿por qué algunas personas no encuentran lo que yo, y muchos otros han encontrado en los libros; acaso no tienen preguntas sobre sí mismos, sobre los demás, sobre la vida, sobre su existencia, no ansían conocer, descifrar misterios, entender nuestro universo y hasta el amor o la muerte, o sobre cosas simples como “subir escaleras”? ¿Cómo es posible vivir una vida sin los libros? Si las preguntas invitan a leer, acaso éstas personas, sobre todo los jóvenes, ¿no tienen nada que preguntar? No los comprendo, como quizás ellos no me comprenden a mí. 




Cada quien, supongo, ha tenido uno o varios caminos para llegar a los libros. Otros, por cuestiones de la vida e intereses, han transitado otras calles que los alejan de la lectura. A mí me tocó, primero por mi soledad de niña conocer la pasión por la historia para no sentirme distante del mundo. Hoy agradezco ese tiempo solitario, gracias a eso empecé a leer y lo disfruto todavía; creo que siempre será así. A través de esa calle que me tocó vivir pude también conocer a Julio Cortázar, Pizarnik, Borges, Christina Wolf, Goethe, Pessoa, Oliverio Girondo, Clarice Lispector, Jaime Sabines, César Vallejo, Eugenio Montejo, Roberto Juarróz, Ramos Sucre, entre otros. La lista sería muy larga. Yo no sé si encontré a los libros o ellos me encontraron a mí, pero bendito sea el encuentro, la coincidencia y la compañía.



Sin embargo, el silencio también hace falta cuando leemos. Hay un silencio antes de darle vuelta a la página, al terminar un párrafo, bebemos un silencio doloroso cuando terminamos un libro, es como un luto callado, una respiración detenida, una pausa de la vida. Pero las preguntas no terminan, están de reposo, luego toman fuerza nuevamente, duplicándose a modo de fractal. Y otra historia inicia su curso y la vida continua, dentro y fuera del libro. Me pregunto ¿por qué algunas personas no encuentran lo que yo, y muchos otros han encontrado en los libros; acaso no tienen preguntas sobre sí mismos, sobre los demás, sobre la vida, sobre su existencia, no ansían conocer, descifrar misterios, entender nuestro universo y hasta el amor o la muerte, o sobre cosas simples como “subir escaleras”? ¿Cómo es posible vivir una vida sin los libros? Si las preguntas invitan a leer, acaso éstas personas, sobre todo los jóvenes, ¿no tienen nada que preguntar? No los comprendo, como quizás ellos no me comprenden a mí.



Vida, mi vida.





Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.



Nos vamos formando con los tropiezos y fortunas de la vida (medito, mientras la lluvia se escucha distante y tranquila). Demasiada humedad cubre estos días las calles de mi ciudad, lo cual produce una sensación de mudes, de pasividad sorda y de angustia ante el tiempo, ante los minutos que transcurren en la lectura de un libro mientras se está frente a la lluvia que empapa el cielo, de colores grises y oscuros. Sí, el tiempo trae tropiezos y fortunas, pero ¿Cómo distinguir una de la otra? ¿Por el grado de felicidad que produce? Todo es relativo  - resuena nuevamente el dicho - para cada quien; de todas maneras, si hay tropiezos, ¿Cómo saber si pudo ser mejor si se hubiese tomado otro camino, otra decisión? Recuerdo, entonces, a Sabato quien decía que “la vida se hace en borrador y no nos es dado a corregir sus páginas, aunque es terrible de comprenderlo”. Sin embargo, qué hay que corregir. ¿No sería amputar una parte de uno como si de un cuerpo extraño y maligno se tratara?

La vida no es despojarse de un trozo de ella, la vida es enfrentarse de la mejor manera posible a lo que se vive. No hay, desde mi punto de vista, tropiezos o fortunas; hay experiencias únicas que jamás han de repetirse, que jamás son iguales aunque dos personas las vivan al mismo tiempo. Milán Kundera, en su novela La insoportable levedad del ser, se preguntaba ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Creo que mucho por la simple razón de que es una, insustituible, intransferible; por lo tanto, no podemos compararla con otra vida o con otra experiencia.


¿Qué queda? Vivir a través de la pasión, del sentimiento, “solo se ve bien con el corazón”, diría el Principito.  Para mí no hay otra forma de ser, de estar, de existir, sino es con la piel erizada, combatiendo contra el mundo a partir de lo que el alma grita; por eso, mis experiencias las llevo sobre mis alas, y aunque suene contradictorio, ellas hacen que me levante para seguir volando. Es lo único que tengo en esta vida: mi vida. 

Los amantes del Círculo Polar






Esta noche te espero mirando al sol,
                                                                                                        ¡venga valiente, salta por la ventana!



Es curioso lo que 104 minutos pueden hacer pensar, recordar, sentir y vivir. Eso hace “Los amantes del círculo polar”, una película dramática española de 1998 dirigida por Julio Médem y protagonizada por Najwa Nimri y Fele Martinez, ganadora de dos premios Goya en 1999.

La trama de la película se centra en la historia de Otto y Anna desde que se conocen a los 8 años hasta que vuelven a rencontrarse en la Laponia finlandesa, en el límite del Círculo Polar Ártico bajo el sol de medianoche; los temas son el romance, la muerte, el destino, la naturaleza, el círculo de la vida y las coincidencias de la misma.




El círculo es una figura enigmática, tan enigmático como las casualidades. ¿Nuestra vida es una línea recta o un círculo infinito? Sin duda, hay un magnetismo que sólo los amantes conocen y quienes no se atreven a amar de verdad, a dejar todo por el amor verdadero no entenderán. Los amantes son capaces de derribar el miedo, de saltar ventanas, de esconderse bajo las camas, de guardar secretos, de negar hasta la muerte, de llorar por dentro, de besar a la muerte, de esperar, de saltar en paracaídas y de volar. Es una historia que vale la pena ver y oír. 



”Estar enamorada no es fácil. No basta con desearlo, hay que oírlo.”

"Y sí, sólo quería abrazarle una vez pero me volví avariciosa,
 no lo puso fácil, él abre la puerta de un mundo donde todo es posible,
 incluso ser feliz. Nadie tiene un corazón como el de Otto, yo tampoco." 



"Empezaba este frío y dicen que cuando hace frío la mayoría 
de las cosas van más deprisa, o llegan antes, pero a mí se me 
hizo eterna la espera hasta acariciarle. 
Por suerte, me di cuenta después de hacerlo y no antes, 
como suele ser la secuencia habitual. Debía ser miedo" 




"Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. 
Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, 
y eso que las he tenido de muchas clases. 
SÍ. Podría unir mi vida uniendo casualidades." 
.
.
.
.

"Aunque creo que ya la tuve"

Ángel
.
.
.




Escribir (Chantal Maillard)




escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos

escribir

como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra


escribir para curar
escribir para guarecerse
escribir como si cerrase los ojos
para no cerrarlos
para mover la mano y seguir su curso
para sentirse viva

AÚN

para aplazar la angustia
como simulación
para guiar la mente y que no se desboque
para controlar lo controlable

escribir

como quien deja la luz encendida
y duerme de pie sobre sí mismo
para saldar las cuentas con el miedo

escribir
para reorganizar

escribir
sin hacer concesiones

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar
escribir
para apuntar al blanco

escribir

con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”



(Foto: Chantal Maillard, leyendo 'Hilos').



escribir

para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta
decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre

escribir

todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir

¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía

Estamos solas
y nos pertenecemos.
En nosotras está el poder
Somos un pueblo de almas
en rebeldía
¡Despertad!
Lo que escribo aquí
se traza en el aire
el dolor es la senda
el dolor es el medio
por el dolor la fuerza
que combate el dolor
y lo transforma
por el dolor deshago
mi dolor en lo ajeno
y el ajeno en el mío

escribir

para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des
apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto


escribir

¿y no hacer literatura?
¡y qué más da!:
hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.

Escribo

para que el agua envenenada
pueda beberse.



* Poema publicado en el libro Matar a Platón (2004) por Chantal Maillard





Alejandra Pizarnik, ese ser imperfecto.




Vida, mi vida, déjate caer, déjate
doler, mi
vida, déjate enlazar de fuego, de
silencio ingenuo,
de piedras verdes en la
casa de la
noche, déjate caer y doler, mi
vida.

...
como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme
...
cuando vea los ojos
que tengo en los míos tatuados.
...
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

...


Sólo un nombre

alejandra alejandra
  debajo estoy yo
     alejandra

Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Argentina (1936-1972)




Es una de las poetas más importantes de Argentina, que realizó su obra en la década del sesenta siendo una de las voces más representativas de esa generación. Su poesía, lírica, que roza el surrealismo, fue una de las que más marcó a las posteriores generaciones poéticas de este país. 

Alejandra Pizarnik re-trabajó en su poesía las tradiciones románticas, simbolistas y surrealistas. Su poesía se encargó de poner en escena lo desgarrador del silencio creativo, abriendo una puerta para las nuevas mujeres poetas, para trabajar sobre ese material. 

Vida y literatura: mundos de autoficción




"El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente"
(Fernando Pessoa)


La autoficción es un término creado por el novelista francés Serge Doubrovsky en 1977. Él sugería que, muchas veces, “el autor se convierte a sí mismo en sujeto y objeto de su relato”; es decir, el autor tergiversa su propia realidad, renuncia a una vida monótona colocándose una máscara de palabras y se convierte en otro para hacer posible su literatura. Vivir de la autoficción consiste en la autocreación constante de nuestros días, porque quién no ha narrado alguna vez hechos inventados, la verdad es que uno arregla su pasado y en gran medida se lo inventa, nuestra identidad es producto de nuestro imaginario, de nuestras experiencias, de nuestras lecturas.

Es así como el acto creador, a partir del lenguaje, se vale de la autoficción para hacernos salir de nosotros mismos y buscarnos otros rostros, pero no sólo el autor se autoinventa sino que el lector también lo hace. En este sentido, la vida es una impostura que la literatura sabe representar  y viceversa porque ella es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual, es una necesidad imprescindible para que la cotidianidad no arrope nuestra imaginación. Quién lee literatura es capaz de no conformarse solo con lo que los ojos miran pues, la palabra y el pensamiento pertenecen al universo que se expande dentro del libro. En palabras de Marcel Proust, “la verdadera vida, la vida por fin esclarecida y descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura” ¿Qué es lo real, después de todo?


* Imagen: Autor/es: Maurits Cornelis Escher

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