Compartir la palabra. Texto de Carlos Skliar





Fragmentos para Leer 



Leer como petición.

Pedir leer. No como convencimiento, ni como obligación, ni como súplica. Se trata del deseo de la transmisión de un signo –la lectura- mediada por un deseo casi singular –el leer-. Ese deseo tiene su travesía, no es nuevo, no tiene que ver con la necesariedad de la lectura, no se somete a las lógicas novedosas de formación: leemos, nos encanta dar a leer y nos gustaría conversar sobre la lectura. Leemos y nos gustaría que los demás leyeran. Leemos y deseemos poner en medio de nosotros la lectura. ¿Qué lector queremos que venga al mundo, si es que viene? Ésa es la pregunta que se hiciera Nietzsche hace ya tiempo en El origen de la tragedia: “El lector del cual yo tengo derecho a esperar algo, ha de reunir tres condiciones: debe leer con tranquilidad y sin prisa; no ha de tener exclusivamente presente su ilustración, ni su propio yo; no debe buscar como resultado de esta lectura una nueva legislación”. Leer con tranquilidad, detenido, sin apuro; quitarse de ese yo que lee y de lo que ya sabe; eludir la búsqueda de una nueva ley y una nueva moral en el texto. ¿Cómo hacer, en medio de las tempestades de esta época, para ofrecer la tranquilidad ante la lectura? ¿Cómo hacer, entonces, para olvidar el yo en un mundo en que el yo se ha vuelto la única posición de privilegio? ¿Y cómo hacer para leer sin buscar reglas, sin buscar leyes, sin buscar aquello que algunos llaman de Verdad o Concepto? 
Al lector, hay que dejarlo en paz cuando de la lectura se trata. Y es que hoy se da a leer –cuando se da a leer- forzando la lectura: en el método obstinado, en la contracción violenta, en el subrayado disciplinado, en la búsqueda frenética de la legibilidad o de la hiper-interpretación, en la pérdida de la narración en nombre del Método. 







Leer, leyendo. 


La pregunta ya no puede ser formulada como: ¿qué es la lectura y/o qué es el leer? Quizá habría que decir: ¿qué hay en la lectura y/o qué hay en el leer? O, mejor aún: ¿Qué es “leyendo”? Por ejemplo: una niña mira a su madre mientras lee; la mira y murmura frases para sí misma. Todo está quieto ahora, en suspenso, como si un largo día no fuera otra cosa que un fin de tarde que nunca desaparece. Cuando la madre hace una pausa, la niña se le acerca y pregunta, con voz de secreto: “Mami: ¿qué estás haciendo?”. “Leyendo”, responde la madre. La niña insiste: “¿Qué es leyendo?”. La madre le muestra el libro a la niña y dice: “¿Ves? Aquí hay historias que todavía no conocemos. Hay que buscarlas. Eso es estar leyendo”. La niña se queda quieta y mientras acaricia el brazo de su madre, le pregunta: “¿Pero: leyendo es en las partes blancas o en las partes negras?”.


La lectura y el pasado.

Pero no se trata únicamente de visitar cementerios, lápidas y muertos. No se trata de un suelo que se pisa y otro, su contratara, el vacío oscuro y hondo donde se yace. No se trata de prestar atención apenas al mundo que está por encima: también está el mundo de antes y no es posible sentir y pensar el mundo sólo por aquello que ocurre en su superficie, en el aquí y ahora estrecho, en la mezquindad del presente. El mundo es un aroma de siglos. Una pronunciación incesante. Hacia atrás y hacia delante. El mundo comienza, quizá, allí donde no lo vemos: en sus entrañas, en sus gases retorcidos, en los minerales que nos sostienen. El mundo está boquiabierto. El mundo se compone de todo lo que ahora vemos y escuchamos y tocamos, sí. Y lo que vemos, escuchamos y tocamos nació antes, antes de nosotros, mucho antes del instante en que pudiéramos saberlo. 
Lo cierto es que mirar hacia atrás –o incluso hacia los lados- girar el rostro hacia el tiempo que nos precede, leer sin coyuntura, leer sin el peso de lo actual, leer lo desconocido, es un gesto ya antiguo, desusado, anacrónico, incluso sospechoso. Escribo: “Dos desconocidos que se miran durante siete horas no forman parte del plan inicial del universo. Tampoco que los niños pasen un día entero mirando nada o todo por la ventana o que los abuelos se sienten en el umbral de las casas a detener el paso de la tarde. Toda la eficacia del universo acaba cuando un hombre que va al trabajo se detiene para atarse los cordones de sus zapatos y no lo logra. Una mujer que lee un libro de memorias de otra mujer: este es el mayor peligro para la máquina impiadosa del mundo”.







El adiós al libro. 

El fin del libro no es el final del libro. Por lo que sabemos el libro ha sido capaz de sobrevivir a sus propias transformaciones, a las prohibiciones, las hogueras, al registro de sonidos, la televisión, Internet, las redes sociales e incluso a su pariente más simiesco, el libro electrónico. 
Desde los temblores iniciales de los primeros lectores medievales hasta los estremecimientos actuales, quizá más tecnificados y más eclécticos, el libro no parece haber tocado su fin, ni parece encontrarse en medio de una agonía más o menos terminal. A no ser que la cuestión del fin del libro preanuncie, con ella, otros finales abruptos, esto es, la muerte de ciertas imágenes del lector y de las prácticas de la lectura tal como las conocemos en nuestra época. Pero: ¿qué pregunta es la del fin del libro? ¿Una pregunta que parece ser, en verdad, el preaviso de lo que se está abandonando o ya se ha abandonado irremediablemente? ¿Una pregunta cultual, literaria, pedagógica, industrial, comercial, filosófica?
La cuestión nos llega enmascarada: si se tratara de una pregunta comercial o industrial habrá que responder que jamás los grandes monopolios editoriales han vendido tanto como ahora; si se tratara de una pregunta acerca del formato, quienes leen aún están en duda sobre si es posible o no reemplazar el objeto físico por otros medios; si se tratara, en cambio, de una pregunta acerca de esa gestualidad del leer que se ha mantenido más o menos indemne desde los tiempos de Gutenberg, habrá la necesidad de decir algo al respecto todavía. Leer, nunca se ha leído tanto. En fin: quizá hoy la lectura sea una fuente utilitaria de informaciones donde el deseo o la experiencia de leer no cumpla ningún papel esencial. O todo lo contrario: leer seguirá siendo esa experiencia a la vez singular y comunitaria, en voz baja y a alta voz, que sigue confesando secretos que de otro modo jamás llegarían a nuestros oídos, a nuestras manos, a nuestros ojos, a nuestra vida. 


Los peligros del leer en la duración de la lectura. 

Los peligros del mundo, de este mundo: el amor, la lectura, el paseo y la escritura, en cualquier orden. El amor: lo desordena todo. La lectura: lo imagina todo. El paseo: lo percibe todo. La escritura: lo perfora todo. Sin embargo, el mayor peligro siempre está en lo inútil, en la inutilidad. Eso es lo que más le incomoda al mundo, a este mundo. Hoy, en medio de tanta urgencia, la virtud podría se la pereza, el cansancio, la parsimonia, el demorarse, la falta de prisa. Y la imagen más conmovedora quizás sería: cualquier persona que no esté apurada, ni haciendo fila, ni tan prolija, ni hablando fuerte, ni conectada.
Por eso: todo consiste en leer un libro que nunca se leyó antes, es decir: atravesar un mundo desconocido, un tiempo desconocido, gestos desconocidos. Párrafo a párrafo lo que parecía ser ajeno comienza a existirnos como si fuera posible habitar un lugar que no es el nuestro, un cuerpo diferente con una voz desconocida. Sin embargo leer no es conocer lo desconocido, llenar un abismo infinito con palabras ordenadas. 
Leer es ir desconociéndose poco a poco. Como si nunca hubiéramos vivido antes.





                                                             
                                                       (CONICET/Flacso, Argentina).


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