Esquela




Se negaba a leer la carta esa mañana, su boca inagotable dejaba libre algún pensamiento, el recuerdo del sabor a besos que disimulaba el crujir del papel o el romper de una palabra. Sin embargo,  poco a poco los dedos lacónicos hacían de cortaplumas preciso, todo transcurría en silencio en un vaivén del aire pesado y enmudecido. Pronto dejó caer su cuerpo en el sillón, la habitación se envolvió en olor a tinta espesa, se imaginaba el viaje de la carta hasta sus manos; cuántas no estarían desechas o llegarían equivocadas, qué respuesta anidaría en la fina hoja blanca. Cerró sus párpados, prefirió no leer, prefirió desertar, prefirió no sentir. Dobló la carta, la exilió en la oscuridad.

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