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Palabras mágicas


En una librería una niña leía las páginas de un libro como quien observa el cielo buscando un sueño para ser soñado. Se le atravesó la palabra "magia"en la esquinita del libro y sus labios se extendieron para dejar en el aire una sonrisa. Luego, se asomó la palabra "luna" y ella encendió su corazón como nunca antes. Pero, de repente, saltó entre otras letras la palabra "delfín" y la niña, con toda su ternura, se vistió de azul, se dibujó una estrella en el cabello y se convirtió en mar.


Foto: En Librería El Buscón , Caracas - Venezuela.

El astronauta





Había una vez un astronauta que sembraba estrellas en la Luna y cada cierto tiempo gustaba de arreglar sus cráteres, les daba forma como se le da forma a la risa. Cuando crecían las estrellas, soplaba para desprenderlas, les ataba un deseo y luego las colocaba una a una en cada rincón del espacio. Ahora mismo quizás, si te asomas por la ventana, verás tu deseo favorito brillando en la inmensidad. 



***  Ahhh, juegos de la imaginación o de lunas. ***





La noche traga soles

renglones de mí, quemados

fuego en mi pecho

rota voz, puerta estremecida

me hago herida despoblada

silencio


la nada y mis cenizas
.
.
.

Compartir la palabra. Texto de Carlos Skliar





Fragmentos para Leer 



Leer como petición.

Pedir leer. No como convencimiento, ni como obligación, ni como súplica. Se trata del deseo de la transmisión de un signo –la lectura- mediada por un deseo casi singular –el leer-. Ese deseo tiene su travesía, no es nuevo, no tiene que ver con la necesariedad de la lectura, no se somete a las lógicas novedosas de formación: leemos, nos encanta dar a leer y nos gustaría conversar sobre la lectura. Leemos y nos gustaría que los demás leyeran. Leemos y deseemos poner en medio de nosotros la lectura. ¿Qué lector queremos que venga al mundo, si es que viene? Ésa es la pregunta que se hiciera Nietzsche hace ya tiempo en El origen de la tragedia: “El lector del cual yo tengo derecho a esperar algo, ha de reunir tres condiciones: debe leer con tranquilidad y sin prisa; no ha de tener exclusivamente presente su ilustración, ni su propio yo; no debe buscar como resultado de esta lectura una nueva legislación”. Leer con tranquilidad, detenido, sin apuro; quitarse de ese yo que lee y de lo que ya sabe; eludir la búsqueda de una nueva ley y una nueva moral en el texto. ¿Cómo hacer, en medio de las tempestades de esta época, para ofrecer la tranquilidad ante la lectura? ¿Cómo hacer, entonces, para olvidar el yo en un mundo en que el yo se ha vuelto la única posición de privilegio? ¿Y cómo hacer para leer sin buscar reglas, sin buscar leyes, sin buscar aquello que algunos llaman de Verdad o Concepto? 
Al lector, hay que dejarlo en paz cuando de la lectura se trata. Y es que hoy se da a leer –cuando se da a leer- forzando la lectura: en el método obstinado, en la contracción violenta, en el subrayado disciplinado, en la búsqueda frenética de la legibilidad o de la hiper-interpretación, en la pérdida de la narración en nombre del Método. 







Leer, leyendo. 


La pregunta ya no puede ser formulada como: ¿qué es la lectura y/o qué es el leer? Quizá habría que decir: ¿qué hay en la lectura y/o qué hay en el leer? O, mejor aún: ¿Qué es “leyendo”? Por ejemplo: una niña mira a su madre mientras lee; la mira y murmura frases para sí misma. Todo está quieto ahora, en suspenso, como si un largo día no fuera otra cosa que un fin de tarde que nunca desaparece. Cuando la madre hace una pausa, la niña se le acerca y pregunta, con voz de secreto: “Mami: ¿qué estás haciendo?”. “Leyendo”, responde la madre. La niña insiste: “¿Qué es leyendo?”. La madre le muestra el libro a la niña y dice: “¿Ves? Aquí hay historias que todavía no conocemos. Hay que buscarlas. Eso es estar leyendo”. La niña se queda quieta y mientras acaricia el brazo de su madre, le pregunta: “¿Pero: leyendo es en las partes blancas o en las partes negras?”.


La lectura y el pasado.

Pero no se trata únicamente de visitar cementerios, lápidas y muertos. No se trata de un suelo que se pisa y otro, su contratara, el vacío oscuro y hondo donde se yace. No se trata de prestar atención apenas al mundo que está por encima: también está el mundo de antes y no es posible sentir y pensar el mundo sólo por aquello que ocurre en su superficie, en el aquí y ahora estrecho, en la mezquindad del presente. El mundo es un aroma de siglos. Una pronunciación incesante. Hacia atrás y hacia delante. El mundo comienza, quizá, allí donde no lo vemos: en sus entrañas, en sus gases retorcidos, en los minerales que nos sostienen. El mundo está boquiabierto. El mundo se compone de todo lo que ahora vemos y escuchamos y tocamos, sí. Y lo que vemos, escuchamos y tocamos nació antes, antes de nosotros, mucho antes del instante en que pudiéramos saberlo. 
Lo cierto es que mirar hacia atrás –o incluso hacia los lados- girar el rostro hacia el tiempo que nos precede, leer sin coyuntura, leer sin el peso de lo actual, leer lo desconocido, es un gesto ya antiguo, desusado, anacrónico, incluso sospechoso. Escribo: “Dos desconocidos que se miran durante siete horas no forman parte del plan inicial del universo. Tampoco que los niños pasen un día entero mirando nada o todo por la ventana o que los abuelos se sienten en el umbral de las casas a detener el paso de la tarde. Toda la eficacia del universo acaba cuando un hombre que va al trabajo se detiene para atarse los cordones de sus zapatos y no lo logra. Una mujer que lee un libro de memorias de otra mujer: este es el mayor peligro para la máquina impiadosa del mundo”.







El adiós al libro. 

El fin del libro no es el final del libro. Por lo que sabemos el libro ha sido capaz de sobrevivir a sus propias transformaciones, a las prohibiciones, las hogueras, al registro de sonidos, la televisión, Internet, las redes sociales e incluso a su pariente más simiesco, el libro electrónico. 
Desde los temblores iniciales de los primeros lectores medievales hasta los estremecimientos actuales, quizá más tecnificados y más eclécticos, el libro no parece haber tocado su fin, ni parece encontrarse en medio de una agonía más o menos terminal. A no ser que la cuestión del fin del libro preanuncie, con ella, otros finales abruptos, esto es, la muerte de ciertas imágenes del lector y de las prácticas de la lectura tal como las conocemos en nuestra época. Pero: ¿qué pregunta es la del fin del libro? ¿Una pregunta que parece ser, en verdad, el preaviso de lo que se está abandonando o ya se ha abandonado irremediablemente? ¿Una pregunta cultual, literaria, pedagógica, industrial, comercial, filosófica?
La cuestión nos llega enmascarada: si se tratara de una pregunta comercial o industrial habrá que responder que jamás los grandes monopolios editoriales han vendido tanto como ahora; si se tratara de una pregunta acerca del formato, quienes leen aún están en duda sobre si es posible o no reemplazar el objeto físico por otros medios; si se tratara, en cambio, de una pregunta acerca de esa gestualidad del leer que se ha mantenido más o menos indemne desde los tiempos de Gutenberg, habrá la necesidad de decir algo al respecto todavía. Leer, nunca se ha leído tanto. En fin: quizá hoy la lectura sea una fuente utilitaria de informaciones donde el deseo o la experiencia de leer no cumpla ningún papel esencial. O todo lo contrario: leer seguirá siendo esa experiencia a la vez singular y comunitaria, en voz baja y a alta voz, que sigue confesando secretos que de otro modo jamás llegarían a nuestros oídos, a nuestras manos, a nuestros ojos, a nuestra vida. 


Los peligros del leer en la duración de la lectura. 

Los peligros del mundo, de este mundo: el amor, la lectura, el paseo y la escritura, en cualquier orden. El amor: lo desordena todo. La lectura: lo imagina todo. El paseo: lo percibe todo. La escritura: lo perfora todo. Sin embargo, el mayor peligro siempre está en lo inútil, en la inutilidad. Eso es lo que más le incomoda al mundo, a este mundo. Hoy, en medio de tanta urgencia, la virtud podría se la pereza, el cansancio, la parsimonia, el demorarse, la falta de prisa. Y la imagen más conmovedora quizás sería: cualquier persona que no esté apurada, ni haciendo fila, ni tan prolija, ni hablando fuerte, ni conectada.
Por eso: todo consiste en leer un libro que nunca se leyó antes, es decir: atravesar un mundo desconocido, un tiempo desconocido, gestos desconocidos. Párrafo a párrafo lo que parecía ser ajeno comienza a existirnos como si fuera posible habitar un lugar que no es el nuestro, un cuerpo diferente con una voz desconocida. Sin embargo leer no es conocer lo desconocido, llenar un abismo infinito con palabras ordenadas. 
Leer es ir desconociéndose poco a poco. Como si nunca hubiéramos vivido antes.





                                                             
                                                       (CONICET/Flacso, Argentina).


Hèlène Cixous: El amor del lobo...





"Para nosotros, comer y ser comidos pertenece al terrible secreto del amor. Sólo queremos a la persona que podemos devorar. A la persona que amamos sólo soñamos en comérnosla. Es una historia bellísima, la del propio tormento. Porque amar es querer y poder comer y detenerse en el límite. En el mínimo latido entre el brinco y el acecho brota el miedo. El brinco estaba ya en los aires. El corazón se detiene. El corazón arranca de nuevo. Todo en el amor está vuelto hacia esta absorción. Al mismo tiempo, el verdadero amor es un no-tocar, pero casi-tocar de todos modos. Devórame, amor mío, de lo contrario te devoraré. El miedo a comer, el miedo de lo comible, el miedo de aquél que se siente amado, deseado, que quiere ser amado, que desea ser deseado, que sabe que no hay mayor prueba de amor que el apetito del otro, que se muere de ganas de ser comido y se muere de miedo ante la idea de ser comido, que dice o no dice, pero significa: te lo suplico, devórame. Quiéreme hasta el tuétano. Y sin embargo arréglatelas para dejarme vivir. Pero a menudo se transpone, porque se sabe que el otro no devorará finalmente, y se dice: muérdeme. Firma mi muerte con tus dientes.”

Hélène Cixous, El amor del lobo y otros remordimientos. Ed. Arena Libros

Escribir






Hay una fuerza interna, no sé de dónde viene, que me desborda a cada tanto. No la espero, sólo viene y llega de intrépida hasta mí, hasta mis huesos y me entrego. Escribir es una fuerza que no se puede obligar a ser, mucho menos a decir, parte de un deseo que arremete desde las venas hasta el alma y uno sólo puede caer rendido a esa necesidad. Una mañana te levantas, abres la ventana de la habitación y el primer pensamiento es una palabra que aparece ante ti como una visión, inmediatamente, si es muy fuerte, escribes sobre ella; la abrazas, la haces tuya, la conviertes en idea, en escritura tangible e infinita. Así me pasa, por eso escribo. 

Generalmente, prefiero refugiarme en la escritura de otros, encontrarme en ese “yo” ajeno que también habla de “mi yo”; me fascina ese “nosotros” que se construye entre la escritura de alguien distante en época, en tiempo o en geografía y la lectura capaz de abstraerme del orbe. La lectura es el inicio de un diálogo silencioso, íntimo y cómplice conmigo y con el que escribe, una delicia para el espíritu y para el pensamiento. Pero escribir, escribir es una especie de catarsis del cual uno no tiene dominio, por lo menos no yo; escribo porque sí, porque quiero o no quiero, porque lo necesito, pero ¿soy yo? ¿Qué hace que mi yo escriba? No sé explicarlo.

Escribo, quizá, para escucharme, para leerme y descubrirme, para encontrar un “yo” que desconozco o que he olvidado. Escribo en la soledad de mi casa, en papel y con grafito, prefiero el eco de la nada cuando deseo escribir, la blanca pared, la soledad y mi escritura. Leer, sin embargo, me resulta distinto, tengo el gusto por leer en cualquier lugar, si hay personas extrañas tengo el hábito de alzar la mirada de vez en cuando para encontrarme con sus ojos, con lo que también escriben mientras me ven, mientras van apurados por sus quehaceres, mientras pasan y los olvido. Ellos, a su vez, me olvidan ¿qué leerán en mis ojos cuando los miran? Jamás lo sabré. Algunos más pasan adormecidos, no saben que los observo, que los busco, que los guardo en mis ideas, que son parte de este juego y de mi lectura en un sitio público.

Ahora mismo escribo, me dejo llevar por el deseo mismo de escribir. No imagino a un lector, no lo supongo, no lo premedito. Sólo escribo, la pared blanca y la soledad, el papel y mi grafito. 

Escribir (Chantal Maillard)




escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos

escribir

como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra


escribir para curar
escribir para guarecerse
escribir como si cerrase los ojos
para no cerrarlos
para mover la mano y seguir su curso
para sentirse viva

AÚN

para aplazar la angustia
como simulación
para guiar la mente y que no se desboque
para controlar lo controlable

escribir

como quien deja la luz encendida
y duerme de pie sobre sí mismo
para saldar las cuentas con el miedo

escribir
para reorganizar

escribir
sin hacer concesiones

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar
escribir
para apuntar al blanco

escribir

con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”



(Foto: Chantal Maillard, leyendo 'Hilos').



escribir

para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta
decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre

escribir

todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir

¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía

Estamos solas
y nos pertenecemos.
En nosotras está el poder
Somos un pueblo de almas
en rebeldía
¡Despertad!
Lo que escribo aquí
se traza en el aire
el dolor es la senda
el dolor es el medio
por el dolor la fuerza
que combate el dolor
y lo transforma
por el dolor deshago
mi dolor en lo ajeno
y el ajeno en el mío

escribir

para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des
apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto


escribir

¿y no hacer literatura?
…
¡y qué más da!:
hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.

Escribo

para que el agua envenenada
pueda beberse.



* Poema publicado en el libro Matar a Platón (2004) por Chantal Maillard





El cuerpo (Jean-Luc Nancy)




4 indicios sobre el cuerpo


10

“El cuerpo es también una prisión para el alma. Allí purga una pena cuya naturaleza no es fácil de discernir, pero que fue muy grave. Por eso el cuerpo es tan pesado y tan penoso para el alma. Necesita digerir, dormir, excretar, sudar, ensuciarse, lastimarse, caer enfermo”

11

“Los dientes son los barrotes del tragaluz de la prisión. El alma se escapa por la boca en palabras. Pero las palabras son todavía efluvios del cuerpo, emanaciones, pliegues ligeros del aire salido de los pulmones y calentado por el cuerpo”


12

“El cuerpo puede volverse hablante, pensante, soñante, imaginante. Todo el tiempo siente algo. Siente todo lo que es corporal. Siente las pieles y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. No para de sentir”

13

“Sin embargo, la que siente es el alma. Y el alma siente, en primer lugar, el cuerpo. De todas partes ella siente que él la contiene y la retiene. Si el cuerpo no la retuviera, se escaparía completamente en forma de palabras vaporosas que se perderían en el cielo” 






"Que se escriba no del cuerpo, sino el cuerpo mismo. No la corporeidad, sino el cuerpo. No los signos, las imágenes, las cifras del cuerpo, sino solamente el cuerpo. Eso fue, y sin duda ya no lo es, un programa de la modernidad. (…)

Escribir: tocar el extremo. ¿Cómo entonces tocar el cuerpo, en lugar de significarlo o de hacerlo significar? Uno está tentado de responder con prisa que o bien eso es imposible, que el cuerpo es lo indescriptible, o bien que se trata de remedar o de amoldar el cuerpo a la misma escritura (bailar, sangrar…). Respuestas sin duda inevitables – sin embargo, rápidas, convenidas, insuficientes: una y otra vez hablan en el fondo de significar el cuerpo. Directa o indirectamente, como ausencia o como presencia. Escribir no es significar.

Se ha preguntado: ¿cómo tocar el cuerpo? Puede que no sea posible responder a este ‘cómo’, como si de una pregunta técnica se tratara. Pero lo que hay que decir es que eso – tocar el cuerpo, tocarlo, tocar en fin – ocurre todo el tiempo en la escritura.





Puede que eso no ocurra exactamente en la escritura, si ésta tiene un ‘dentro’. Pero a orillas, al límite, en la punta, en el extremo de la escritura, no ocurre sino eso. Ahora bien, la escritura tiene su lugar sobre el límite. No le ocurre, pues, otra cosa a la escritura, si algo le ocurre, que tocar. Más precisamente: tocar el cuerpo (o más bien, tal o cual cuerpo singular) con lo incorporal del ‘sentido’. Y, en consecuencia, hacer que lo incorporal conmueva tocando de cerca, o hacer del sentido un toque.

(No sé de escritura que no toque. O bien, no es escritura sino informe, exposición o como se quiera llamar. Escribir toca el cuerpo, por esencia.)

Pero no se trata en absoluto de traficar con los límites y de evocar no sé sabe qué marcas que vendrían a inscribirse sobre los cuerpos, o qué improbables cuerpos vendrían a trenzarse con las letras. La escritura toca los cuerpos según el límite absoluto que separa el sentido de la una, de la piel y los nervios del otro. Nada transita y es eso lo que toca.



(…) La excripción de nuestro cuerpo, he ahí por donde primeramente hay que pasar. Su inscripción-afuera, su puesta fuera de texto como el movimiento más propio de su texto: el texto mismo abandonado, dejado sobre su límite. No es una ‘caída’, eso ya no tiene ni alto ni bajo, el cuerpo no está caído, sino completamente al límite, en el borde externo, extremo y sin que nada haga de cierre. Yo diría: el anillo de las circuncisiones se ha roto. No hay más que una línea in-finita, el trazo de la misma escritura excrita, que proseguirá infinitamente quebrada, repartida a través de la multitud de los cuerpos, línea divisoria de todos sus lugares, puntos de tangencia, toques, intersecciones, dislocaciones.

Ignoramos qué ‘escrituras’ o qué ‘excripciones’ se preparan a venir de tales lugares. Qué diagramas, qué retículas, qué injertos topológicos, qué geografías de multitudes"


Antoine y su rosa



Antoine también amaba a una rosa tersa, tierna, de gran belleza y que soñaba con volar. Él la había mirado siempre de lejos, temeroso y ansioso de estar a su lado, de amarla como se imaginaba que era el amor, esa sensación que se parece a cuando se salta al vacío sin darle importancia al hecho de perder la vida en el intento porque las ganas del salto mismo y de la recompensa tenían más valor: un beso que hiciera temblar al cuerpo y el alma como la luna en el agua, diría su amigo Julio. Eso pensaba Antoine, mientras la palabra ¡volar! rondaba entre sus párpados y rozaba sus labios - ¡volar! ¡volar! - se repetía para sí, con todos los colores que llevaba por dentro al compás de la melodía que una noche traviesa había tejido para hacerlo coincidir junto a su rosa, como si el joven príncipe hubiese hecho de las suyas desde el asteroide B612. Quizá -cavilaba sorprendido-  había sido el Principito quien, mientras cortaba baobabs, había hecho tratos con las estrellas para que él pudiera hablar con su rosa sin un paraban de papel maché entre ellos. Y así, la noche –recordaba Antoine- fue envuelta por hadas y ángeles, porque la palabra “volar” había invadido su piel hasta el día de hoy.

Mientras Antoine levitaba entre sus recuerdos le sucedían suspiros, sonrisas, aflicciones y palpitaciones semejantes al golpe de una batería india. La añoranza recorría su espalda con lentitud mientras observaba por la ventana el azul del mar del cielo, sin nubes, un azul continuo en contraste con el verde de los árboles que peinaban el camino que él había caminado tantas veces. La palabra ¡volar! hacía acto de presencia con insistencia, latía en el corazón de Antoine y en los calzoncillos que le había regalado la rosa cuando él estuvo triste, los atesoraba con sumo cuidado junto al capítulo siete de su libro favorito y los poemas que ella había escrito, esas palabras mágicas que lo habían domesticado para siempre. Él y su rosa, cómo olvidar a su rosa, cómo no recordar a su rosa que decía era un hada, la más bella de todas las hadas del planeta tierra, un hada/rosa única en el mundo. Ahora, él lo sabía, realmente era única en el mundo. De repente, un terrible sentimiento penetraba el corazón de Antoine, como si el mismo Zeus hubiese desgarrado su cuerpo y sus entrañas. Se desplomó contra la pared blanca de la habitación y cerró sus ojos, dejó caer sus párpados pesados como el sentimiento que lo invadía y se desmayó, allí contra la pared y el azul del cielo.

Habían pasado un par de horas, todo estaba en silencio, los árboles pernoctaban inmutados y las hojas se negaban a caer. Poco a poco fue despertando Antoine de su dormir, de su desmayo ante la vida; se incorporó asustado y observó a través de la ventana la negrura del paisaje, las luces de los autos que iban y venían en el horizonte. Casi, de forma instantánea, logró divisar una estrella que le sonreía y titilaba con picardía; de pronto, a lo lejos, escuchó muchos cascabelitos y la risa de su amigo, el Principito. Antoine sonrió, recordó a su rosa voladora quien lo hacía reír con sus locuras, con el pestañeo de sus ojos miel y el juguetear de los pétalos en su cara. Pero Antoine se sintió triste otra vez porque su rosa, al igual que la estrella, se encontraba distante y pensó que le había sucedido lo mismo que al Principito; por eso se había desmayado, la tarde le había revelado la triste coincidencia con su amigo. No se había percatado de que su rosa era única en el mundo cuando la tuvo cerca, en su corazón lo sabía, pero dejó que otras cosas como las palabras “miedo” y “distancia” interrumpieran ese sentimiento y opacaran la palabra “volar” de su cielo y destiñeran sus colores internos. Eso había sucedido -pensó Antoine- así como se había tejido el encuentro naturalmente entre él y su rosa, inexplicablemente la razón y la lógica le habían jugado una mala pasada a su corazón, había pensado como un adulto, un adulto en cuerpo de adulto, pero la realidad, la que ahora conocía en total plenitud, era que simplemente volar no es para adultos. Se preguntaba ¿dónde había quedado lo de “saltar al vacío” o lo de “morir no importa? ¡Qué tonto! -Se repetía- .Antoine, se sintió inmensamente desgraciado y, mientras miraba la estrella en la oscuridad de la habitación, pensaba en su amada hada/rosa y en la sombra de una cascabel en el desierto del Sahara. Esa era su única  ilusión.


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